viernes, 30 de marzo de 2012

1 + 2 = 3

"Ya no eres la de antes. Estás toda flácida e insegura." Me dijo mi espejo con cierto dejo de tristeza. Me ofusqué y lo tape con el abrigo de mi padre.

Salí a caminar, sin ganas y sin rumbo. Me afectó mucho darme cuenta que ya no soy la de antes. Que no queda ni un vestigio de lo que fui en antaño. Antes era lo que era no más, pero no molestaba tanto. Ahora busco la aprobación constante para sentirme parte de algo otra vez. Es difícil pasar de un "nosotros" al "yo", mas mi espejo jamás lo entendería porque me conoce incluso despojada.

Luego de un buen rato discurriendo en mi promiscuidad emocional comenzó a llover. Me devolví corriendo a casa. Las gotas chocaban contra mi cara como si me quisieran desadormecer y eso hice. Entré a mi cuarto animada a encarar al desalmado espejo. Lo descubrí y lancé el abrigo que lo silenciaba con fuerzas ignoradas hasta ese entonces.

Para mi  desconcierto me encontré enfrente de un yo desgarrador. El agua corría por mi ropa de manera despiadada. Sin embargo, no me conmovió lo suficiente y le hablé firme: "¿Por qué me molestas?". El espejo me respondió: "Esas no son mis intenciones. No me callo porque si lo hago pienso y cuando pienso sufro. Comprenderás entonces que tengo excusa para hacerlo."

Me enardeció su respuesta, puesto que era nuestra repuesta, mi respuesta.
Estoy cansada de llenar espacios.

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