La noche era mía. Gobernaba el silencio en el vecindario. Sin embargo, no pude disfrutar de las estrellas, ni abrumarme con la Luna. El cielo estaba cubierto con un grueso manto de smog.
De pronto comprendí que estaba sola.
Prendí un cigarro para iluminarme el rostro y hacerme compañía. Me sentía sola, solísima, más sola que nunca. Desgraciada y miserable. Con ganas de morir para arrancar de la pena y mi ansiedad.
De pronto advierto en el segundo piso de la casa de enfrente una luz encendida. Me lleno de expectativas: Siento que alguien comparte mi desgracia.
No lo dude y salí de prisa a buscar a mi futuro acompañante.
Al llegar al otro extremo reparé en que era el reflejo resultante del poste de luz.
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