Él no me conoce. Con un poco de suerte sabe que existo.
Yo lo había visto hacía harto tiempo. Solía mirarlo sin grandes pretensiones hasta que una serie de eventos confabularon a mi favor (o en mi contra) para que me baste con alucinar.
Compartimos por cerca de una hora en el mismo lugar sin hablarnos. Nada fuera de lo común. Sin embargo, hubo un algo enteco que me dio cierta seguridad para fundamentar esta fiel predilección.
Sé qué tipo de cosas le gustan y también sé que somos distintos en ese sentido. Son cosas superfluas, por lo que no me preocupo.
Tengo la impresión de que definitivamente quizás somos parecidos en lo profundo. Si pudiera hablarle, si me atreviera a hablarle. Cada vez que lo veo me tiemblan las piernas, mi boca configura en base a la estolidez. Me vuelvo parte de la conversación infinita de Estragón y Vladimir.
En ocasiones le digo hola. Y él me los devuelve. En mi mente tengo plasmada su sonrisa y cada uno de sus gestos cuando articulan el despreocupado saludo. "Estás enamorada" me dicen siempre. Yo sé que no, porque realmente no sé nada de él. Sé que todo empezó por atracción física, pero eso fue sólo el principio. No me interesa nadie más cuando pienso en su mirada. Esa mirada que me invita a recorrer parajes y entablar soliloquios infundadamente interminables.
No sé si algún él día leerá ésto. Si lo hace me gustaría que no crea que soy patética. Y bueno, si es así, da igual. Porque son las 2: 30 am, porque no soporto el calor de hambre (como dicen Los tres) y porque estos no son más que pensamientos retardados.