sábado, 19 de abril de 2014

Cocadas

Ya era hora de almorzar y aún no me disponía a tomar el camino a casa. Ya habían pasado  unas 3 horas de que estaba leseando en el centro. Siempre que voy a hacer un trámite aprovecho de hacer más cosas prometiéndome volver antes de que se arme taco en la autopista y las micros se llenen. Lo que nunca preví es que me daría hambre.

Estaba agonizando de hambre y no tenía nada conmigo para remediarlo. Revisé bien mi mochila y encontré $200 en el bolsillo secreto donde guardo el pase. Me afligí al pensar que no me alcanzaba para nada por el lado donde me movía. Bellas Artes es un barrio turístico donde es difícil encontrar galletas frunas.

Rendida decidí irme a la casa a calentar el almuerzo que mi mamá siempre prepara la noche anterior para que yo no deba mover un dedo, ni quemar la cocina. Lo imaginaba y sonreía sola.  Sin embargo, era complicado aguantar viendo tanto restaurante pituco con cartelitos tan bien hechos con tiza “CHEESCAKE Y EXPRESO $2300”.


Camino al paradero divisé a una hippie vendiendo cocadas a $200. Le compré una y me la devoré de un mordisco. El sabor que me dejo me trajo recuerdos de las que yo solía hacer y de aquellos tiempos donde no imaginaba que mi vida sería como lo es hoy. Con angustia sentí que el sabor se tornó un tanto amargo. ¿Cómo tomé tantas malas decisiones?, ¿Por qué no presté atención a aquellos detalles?, ¿Por qué fui tan cobarde?, ¿Por qué no me levanté de la cama? Un montón de arrepentimientos llenaron mi cabeza. Unos tras otros hasta que me subí a la micro que ya estaba llena. Me cargaba tanto cuestionamiento ¡Y todo por una cocada! ¡Todo por sólo tener $200 en el bolsillo secreto de la mochila! ¡Todo por tener hambre! ¡Todo por andar vagando en el centro! Debí haberme ido directo a la casa después del notario.


No hay comentarios:

Publicar un comentario