Ya era hora de
almorzar y aún no me disponía a tomar el camino a casa. Ya habían pasado unas 3 horas de que estaba leseando en el
centro. Siempre que voy a hacer un trámite aprovecho de hacer más cosas prometiéndome
volver antes de que se arme taco en la autopista y las micros se llenen. Lo que
nunca preví es que me daría hambre.
Estaba agonizando
de hambre y no tenía nada conmigo para remediarlo. Revisé bien mi mochila y
encontré $200 en el bolsillo secreto donde guardo el pase. Me afligí al pensar que
no me alcanzaba para nada por el lado donde me movía. Bellas Artes es un
barrio turístico donde es difícil encontrar galletas frunas.
Rendida decidí
irme a la casa a calentar el almuerzo que mi mamá siempre prepara la noche
anterior para que yo no deba mover un dedo, ni quemar la cocina. Lo imaginaba y
sonreía sola. Sin embargo, era
complicado aguantar viendo tanto restaurante pituco con cartelitos tan bien
hechos con tiza “CHEESCAKE Y EXPRESO $2300”.
Camino al
paradero divisé a una hippie vendiendo cocadas a $200. Le compré una y me la devoré
de un mordisco. El sabor que me dejo me trajo recuerdos de las que yo solía
hacer y de aquellos tiempos donde no imaginaba que mi vida sería como lo es
hoy. Con angustia sentí que el sabor se tornó un tanto amargo. ¿Cómo tomé tantas malas
decisiones?, ¿Por qué no presté atención a aquellos detalles?, ¿Por qué fui tan cobarde?, ¿Por qué no me levanté de la cama? Un montón de arrepentimientos llenaron mi cabeza. Unos tras otros hasta que me subí a la micro que ya estaba llena. Me cargaba tanto cuestionamiento ¡Y todo por una
cocada! ¡Todo por sólo tener $200 en el bolsillo secreto de la mochila! ¡Todo
por tener hambre! ¡Todo por andar vagando en el centro! Debí haberme ido directo
a la casa después del notario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario